¿Drake y sus émulos?
Del libro de Jaime Alvarado: Medianamente chilenos y exageradamente antofagastinos No pensemos ni en arcabuces, patas de palo o en piratas tuertos. Pero que los hubo, es cierto. En estas aguas actuaron verdaderos personajes…
Del libro de Jaime Alvarado: Medianamente chilenos y exageradamente antofagastinos
No pensemos ni en arcabuces, patas de palo o en piratas tuertos. Pero que los hubo, es cierto. En estas aguas actuaron verdaderos personajes piratescos, aunque debiéramos comenzar por reconocer que el más famoso -sin duda alguna- fue Sir Francis Drake, que alcanzó enorme fama con sus correrías, amagando los bienes de la corona española.
Para comenzar, reconozcamos que el corsario inglés se proveyó de agua en la aguada de Cerro Moreno, donde estuvo – según se sostiene- el año 1579, con posterioridad al saqueo de Valparaíso. Y si los fantasmas reviven, las historias también lo hacen.
Hasta los años 30 del siglo pasado, se pensaba que Francis Drake había enterrado parte de sus tesoros -habidos en piraterías- en un sector aledaño a Cobija. A los 400 kilos de oro fino, birlado al navío de Hernando Lamero, en el saqueo a Valparaíso (1578) hubo que sumar los 25 mil pesos de oro en polvo obtenidos en el asalto al mismo puerto; más las tres barcas capturadas en Arica, con lingotes de oro y plata, las que representaban para el capitán del “Golden Hind” una gruesa suma que no valía la pena arriesgar. Lo que había en ls bodegas de su guerrero “Golden Hind” (nos reservamos la traducción) proveería a los socios que lo ayudaron a armar la flota nada menos que 1.400 libras esterlinas por cada cien que aquellos aportaron. El negocio de la piratería le daba excelentes rindes a solo un año de haber zarpado desde Inglaterra.
Sigiloso, audaz, sensato, herido en la cara por la flecha de un nativo en la isla Mocha, desconfiado por el fallido ataque a La Serena, Sir Francis Drake decide cautelar las riquezas obtenidas y busca un sitio donde ocultarlas. Para no poner en riesgo toda la riqueza que llevaba a bordo, habría hallado en Cobija el punto apropiado para esconder parte de su fabuloso botín: un lugar fácil de ubicar en la carta náutica; sitio seguro; muy remoto y con escasa población nativa.
Francis Drake salta a tierra aguardando la confirmación ¿Drake seguirá siendo dueño del tesoro oculto en algún lugar de Cobija? La verdad es que no han sido pocos los ávidos de riquezas que se han encaramado en quebradas y acantilados de “Tames”, “Michilla”, “Gatico”, y “Guala guala” soñando hallar esos arcones repletos de joyas doradas. Hasta el momento, nadie ha dado con ese fabuloso tesoro. Pero… De esos piratas clásicos en sus galeones y carabelas nos embarcamos en la realidad del siglo XX, en la propia bahía de San Jorge, aguas en que Juan López decidió establecerse y donde la ciudad de Antofagasta fue fundada el 22 de octubre de 1868. Y nos hallamos con cientos de episodios, todos novelescos, aunque-evidentemente- con un innegable perfil delictual. Recordado es el robo de un yate, episodio acaecido en septiembre de 1932, en plenos festejos patrios.
El gringo Sharpe, ejecutivo de la Ford en nuestra ciudad de Antofagasta, poseía el yate “Peggy”, de 14 metros de eslora y muy bien aparejado para marinear. Pero dos yugoslavos y dos alemanes: Santiago Medanic Lukin, Roco Cvitanovic Rokacija y Josip Breich, subrepticiamente lo abordaron, largaron amarras y dieron a la vela, zarpando en la oscuridad de la noche dieciochera. El 4 de octubre, el yate fue avistado al sur de El Callao y la marina peruana lo apresó, acusando a los tripulantes de “flagrante acto de piratería”. Lo que siguió fue sencillo: una nave de la PSNC lo embarcó y lo trajo de regreso a manos de su dueño.
A estos dos botones de muestra le siguen cientos de episodios vividos a bordo de vapores y veleros anclados en Antofagasta. A los robos de mercaderías se sumaba el contrabando aprovechando las falencias de recursos de los resguardos de aduana. Cientos de procesos fueron llevados a tribunales por diversas causas siendo las más frecuentes el robo de mercaderías a bordo.
El incendio del mercante Bío Bío (6 de marzo de 1935) obligó a llevar la nave en llamas hasta la caleta “La Chimba” donde se inundaron sus bodegas para contener el fuego. Pero, durante la noche, los piratas subieron a bordo y, sin medir el peligro, se apoderaron de los bienes de los tripulantes, el mobiliario de las cámaras, la vajilla, el menaje y los equipos de navegación del buque siniestrado.
Uno de los últimos casos de piratería se dio mientras el mercante “San Antonio” era presa de las llamas, frente a los estanques de combustible al norte de la caleta “El Cobre”. El 4 de febrero de 1954 el fuego a bordo obligó a abandonar la embarcación, la que fue remolcada por la goleta pesquera “Silvita Uribe” hasta llevarla cerca de la costa. La nave, que tenía en sus bodegas 250 toneladas de azufre y 300 toneladas de mercadería surtida, ardió durante 36 horas. Pero eso no fue impedimento para que varios botes pesqueros se acercaran al navío siniestrado y fuera bordado por numerosos piratas, los que fueron repelidos a balazos por personal de la Armada que debió montar guardia para evitar alguna desgracia entre aquellos osados émulos de Drake. En el castillo de proa de esa nave, que se hundió la medianoche del 5 de febrero de 1954, iba estibado un auto, marca “DeSoto”, de propiedad del teniente de Carabineros Eduardo Northland Marín, jefe de la guardia del palacio de La Moneda. El tiempo y el mar han hecho su obra y de ese lujoso automóvil, hoy solo es posible ver el block del motor, a unos 22 metros de profundidad.