Columna

Hacia una universidad de racionalidad natural

La irrupción de la inteligencia artificial cuestiona al sistema educativo acerca del lugar de la inteligencia humana. Esta revolución cultural confirma la intuición de Marshall McLuhan: vivimos en una aldea global envuelta en información.…

Dra. Mailing Rivera Lam

Académica, directora CADEP ACACIA

La irrupción de la inteligencia artificial cuestiona al sistema educativo acerca del lugar de la inteligencia humana. Esta revolución cultural confirma la intuición de Marshall McLuhan: vivimos en una aldea global envuelta en información. Cuando imágenes, voces y argumentos se reproducen con verosimilitud, surge el riesgo del mito de la caverna: confundir las sombras con la realidad. La respuesta no es rechazar la tecnología, sino interrogarla y orientarla hacia el bien común.

El primer argumento comienza en la infancia. Niños y niñas debieran aprender el pensamiento crítico junto con la lectura y la escritura, porque alfabetizar significa reconocer intenciones, distinguir hechos de opiniones y verificar fuentes. Mediante preguntas y observación del entorno, la escuela puede formar lectores activos, menos vulnerables a la manipulación y capaces de construir juicios propios.

El segundo argumento corresponde a la adolescencia, cuando se amplían la autonomía y la participación social. El pensamiento crítico se fortalece mediante experiencias artísticas, científicas y comunitarias. Investigar un problema ambiental, crear una obra o debatir una necesidad territorial demuestra que el conocimiento exige evidencia, sensibilidad, colaboración y ética. Así, los jóvenes podrán usar la inteligencia artificial sin delegarle sus decisiones.

El tercer argumento compromete a la universidad. Su misión no puede reducirse a incorporar plataformas; debe ofrecer entornos tecnológicos, científicos, artísticos y culturales en los cuales las capacidades humanas converjan en proyectos para necesidades reales. La alimentación sostenible, el conocimiento ancestral, los desastres naturales, el cambio climático y la violencia demandan investigación interdisciplinaria y diálogo comunitario. En ese marco, la inteligencia artificial es instrumental porque amplía el análisis y la creación, pero las personas definen sus fines.

En conclusión, la crisis no enfrenta, necesariamente, a la inteligencia artificial con la racionalidad natural; nos obliga a decidir qué humanidad queremos fortalecer. El peligro no es la herramienta, sino aceptar la réplica como sustituto del pensamiento. La universidad, construida desde la razón y la vocación de transformar, debe enseñarnos a distinguir las sombras de la caverna e imaginar una realidad mejor.

La inteligencia artificial puede favorecer nuestro perfeccionamiento, pero nunca reemplazar el juicio, la conciencia ni la responsabilidad humana.

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