Columna

¿Cuál es el invento tecnológico más fascinante para leer?

Quiero comenzar por entregar pistas sobre el mayor invento para leer, aquella automatización que me permite retomar la lectura en cualquier espacio y tiempo, con solo abrir los ojos, y conectarme con el vértigo…

Mailing Rivera Lam
Mailing Rivera Lam

Académica e Investigadora Chilena

Quiero comenzar por entregar pistas sobre el mayor invento para leer, aquella automatización que me permite retomar la lectura en cualquier espacio y tiempo, con solo abrir los ojos, y conectarme con el vértigo de conducir por cada línea y cada imagen nueva. Este aparato fantástico no se compra ni se vende ya que funciona solamente con posar la mirada en una página. No requiere electricidad, ni tampoco pagar una suscripción. 

El mayor invento es nuestra mente para leer en el soporte de lectura que se activa instantáneamente donde lo dejamos la última vez. Es decir, gracias a un lector y lo que lee.

Pero no todos los lectores son iguales, y en esa diversidad está la riqueza de la experiencia lectora. Podríamos decir que existen, al menos, tres tipos de lectores, tres formas de habitar los textos y, al mismo tiempo, de transformar la realidad.

Están quienes leen y sueñan. Son aquellos que, al abrir un libro, no solo siguen una historia, sino que construyen nuevos mundos en su imaginación. Para ellos, la lectura es una puerta a lo posible, un espacio donde la realidad se expande. 

Luego encontramos a quienes, mientras leen, van generando alternativas: cuestionan los giros de la trama, imaginan otros finales, discuten silenciosamente con el autor. Son lectores activos, críticos, que no aceptan el texto como algo cerrado, sino como un diálogo en constante construcción. 

Y, finalmente, están quienes se inspiran y escriben su propio libro. La lectura, en estos casos, no termina en la última página, sino que continúa en la escritura, en la necesidad de crear una voz propia.

La historia de la literatura está llena de ejemplos de buenos lectores que reescribieron lo que leyeron, hoy quiero referirme a dos textos:

En primer lugar, a la novela 62/Modelo para armar, de Julio Cortázar, que no presenta una trama lineal tradicional, sino una estructura fragmentaria que el lector debe “armar”, tal como sugiere el título. 

La historia surge a partir de una escena inicial aparentemente simple: Juan, un traductor argentino en París, observa en un restaurante una combinación extraña de elementos (un pedido, una muñeca, ciertos gestos) que le produce una inquietud difícil de explicar. Esa percepción abre una grieta en la realidad cotidiana y da paso a una serie de episodios dispersos que se desarrollan en distintas ciudades europeas, como París, Londres y Viena.

No se trata de una historia cerrada, sino de un conjunto de escenas y relaciones que el lector debe organizar, interpretando conexiones ocultas entre los personajes y los acontecimientos.

De esta manera, Cortázar propone que la realidad no es fija ni única, sino un sistema abierto que puede ser leído y reconstruido desde distintas perspectivas, convirtiendo al lector en un participante activo del relato.

Otro ejemplo lo constituye la novela El lobo estepario de Hermann Hesse que narra la crisis existencial de Harry Haller, un hombre solitario que se siente dividido entre dos naturalezas: su parte “humana”, que busca orden, cultura y sentido, y su parte “lobo”, que desprecia la sociedad y tiende al aislamiento.

Un punto clave ocurre cuando Haller recibe un misterioso texto llamado el “Tratado del lobo estepario”, que analiza su personalidad y plantea que el ser humano no es dual (hombre/lobo), sino múltiple, compuesto por muchas identidades en tensión.

De esta forma, Hesse describe el viaje interior de un personaje que busca comprender su propia identidad.

En este punto, vale la pena preguntarnos: ¿qué tipo de lectores somos? 

Quizás no se trata de elegir uno solo, sino de transitar entre ellos. 

Leer para soñar, para cuestionar y para crear. Porque, en definitiva, cada libro leído no solo nos cambia a nosotros, sino que también abre la posibilidad de cambiar el mundo.