Burbujas y bebidas de fantasía
En las últimas semanas hemos escuchado y leído con preocupación una serie de noticias que tienen que ver con amenazas a nuestra producción nacional y nuestras exportaciones; la mayoría de ellas no vienen precisamente…
En las últimas semanas hemos escuchado y leído con preocupación una serie de noticias que tienen que ver con amenazas a nuestra producción nacional y nuestras exportaciones; la mayoría de ellas no vienen precisamente de la corriente del Niño, ni del cambio climático con tormentas y lluvias desastrosas en nuestros nortes Grande y Chico, sino con la seguidilla de presiones provenientes de la administración del Presidente Trump a través de aranceles, gestos poco diplomáticos y políticas contrarias al libre comercio.
Es una situación preocupante ya que se nos quiere imponer una serie de medidas contrarias al desarrollo económico de Chile y su política de integración plena al comercio mundial. Nuestro país tiene un tratado de libre comercio vigente desde 2004 con Washington -trabajado durante décadas- y que significa desde el 2015, aranceles cero o impuestos recíprocos cero, pero en la práctica, hoy la administración republicana nos amenaza con aplicar un arancel de 12,5 por ciento a nuestros productos nacionales. De esta forma, queda claro que el gobierno norteamericano vela solo por sus intereses propios y su política interna. Lo demás, al parecer, es un chispazo de una bebida de fantasía.
Sí, pero hay bebidas y refrescos muy arraigadas en nuestra zona norte y que representan una lucha interna solapada durante décadas y que reflejan de alguna manera visiones muy distintas y contradictorias de entender el mundo y de cómo disfrutar y cómo saborear algunos momentos de la vida…
Hago esta reflexión recordando que en mi niñez el consumir una Coca Cola era un símbolo de alegría burbujeante, sobre todo esa botella de vidrio que cubría casi todas las mesas y todas las condiciones sociales. Era un símbolo del compartir la mesa como se compartía antes el pan amasado familiar. Éramos muy jóvenes entonces para comprender el poder cultural del país norteamericano que recorría casi todo el mundo sin trabas gracias al comercio libre.
Años después en Chile le salió competencia local y apareció Bilz con una fórmula patentada en Alemania y que llegó rápidamente seguida de Pap, sumando sus colores característicos a una combinación exitosa arraigada en nuestras costumbres. Que yo sepa, las dos últimas son empresas chilenas que hicieron su negocio en casa y no salieron a competirle a la norteamericana en el resto del mundo. Pero, cómo siempre pasa hay excepciones. Recuerdo que en muchos países y continentes cuando Chile está de fiesta por el 18 o el 21, entre otras, aparecen las bebidas refrescantes rojas y amarillas tan con gusto a lo nuestro y que son encargadas con anticipación y esmero por colectividades chilenas en el exterior.
En mi profesión tuve la fortuna de hacer algunos viajes. Y hay uno que recuerdo con especial agrado. En algún momento visité el sur profundo de Estados Unidos y conocí al que el Nobel de Literatura, Ernest Hemingway llamaba el Padre de todas las Aguas; el rio Missisippi. De este curso de agua, Hemingway describiría sensaciones y emociones profundas que se compilaron en su obra de cuentos The Nicks Adams Stories publicada en forma póstuma en 1972. Majestuoso, de color café profundo era un rio caudaloso lleno de historias que movía las industrias y mercancías por América del Norte.
Alojado en Jackson, la capital del estado, visité muchos lugares, pero uno me llamó profundamente la atención. Vicksburg, una localidad histórica que cayó en manos del ejército de la Unión en 1863, tras un asedio brutal. El norte tomó así el control del rio lo que facilitaría el triunfo definitivo contra los estados del sur al finalizar la guerra civil estadounidense que transcurrió entre 1861 y 1865.
Bueno, Vicksburg tiene también el cementerio militar más grande de Estados Unidos y allí descansan muchos soldados de múltiples guerras que el país ha llevado hasta nuestros días fuera de sus fronteras. Pero, además tiene unas casas hermosas, de arquitectura sureña donde prevalecen mansiones previas a la guerra de Secesión y donde hoy todavía se comparten diseños arquitectónicos provenientes de las columnas griegas, romanas, georgianas y la arquitectura colonial francesa e inglesa. En los prados colindantes, se ubican delicadas glorietas donde se tejieron historias de amor. Retirados de las mansiones están las barracas donde sobrevivían los esclavos de color. Estas últimas eran historias de terror…
Pero, también en esa pequeña ciudad encontramos un edificio muy particular, una confitería, donde se envasó por primera vez la Coca Cola en 1894. Fue en una botella de vidrio del tipo Hutchinson, no muy alta y más bien gruesa de cuerpo. Antes de aquello, la fórmula de la bebida refrescante era un jarabe que se vendía en vasos en Atlanta y que servía para el dolor de estómago, para los nervios y para dar energía. En Vicksburg pasó a ser una bebida de fantasía, un refresco que recorre el mundo en base a una combinación secreta que contiene extractos de hojas de coca, la misma planta que han masticado ancestralmente los pueblos originarios de nuestra América del Sur.
En lo personal, no soy consumidor de refrescos ni de bebidas gaseosas. Prefiero tomar agua potable, incluida la de la llave en Antofagasta. Pero en estos días tan convulsos y amenazantes para nuestra industria y las exportaciones nacionales, prefiero mil veces brindar con la fantasía criolla de la Bilz y la Paz y por qué no, con el exquisito y chileno mote con huesillos…