¿Apocalipsis IA?… el futuro todavía depende de nosotros
Durante las últimas semanas, pareciera haberse instalado definitivamente el relato del “Apocalipsis IA”. Expertos, investigadores, empresarios y líderes políticos discuten si debemos desacelerar el desarrollo de la inteligencia artificial, mientras que se multiplican las…
Durante las últimas semanas, pareciera haberse instalado definitivamente el relato del “Apocalipsis IA”. Expertos, investigadores, empresarios y líderes políticos discuten si debemos desacelerar el desarrollo de la inteligencia artificial, mientras que se multiplican las advertencias sobre desempleo, transformación radical del trabajo, pérdida de control sobre sistemas avanzados e incluso escenarios que podrían amenazar a la propia humanidad.
Los riesgos deben ser escuchados. Sería irresponsable minimizarlos. Pero sería igualmente equivocado convertir el miedo en la única forma de comprender lo que está ocurriendo.
La humanidad tiene una larga historia de encuentros con tecnologías que alteraron profundamente su manera de producir, comunicarse, aprender y relacionarse. La industrialización, la electricidad, la energía nuclear, las telecomunicaciones, Internet y la revolución digital provocaron, en distintos momentos, entusiasmo y temor.
Algunas promesas fueron exageradas y algunos temores finalmente no se materializaron. Otros fueron completamente reales y obligaron a crear regulaciones, instituciones y nuevas formas de convivencia. Esta vez existe, sin embargo, una diferencia que no podemos ignorar: la velocidad y profundidad del cambio.
Ya no hablamos simplemente de máquinas capaces de ejecutar de manera más rápida determinadas tareas. Estamos frente a sistemas que intervienen progresivamente en actividades intelectuales que durante siglos consideramos exclusivamente humanas: escribir, programar, diagnosticar, analizar información, crear imágenes, generar conocimiento, proponer soluciones y participar en procesos de decisión. Ante todo lo que ocurre, quizás estamos formulando mal la pregunta.
En lugar de cuestionarnos únicamente si la inteligencia artificial podría algún día destruir a la humanidad, deberíamos centrar la duda en algo mucho más cercano y urgente: ¿seremos capaces de gobernar una tecnología cuyo desarrollo avanza más rápido que nuestra capacidad social, educativa, política y regulatoria para comprenderla? Allí está, a mi juicio, el verdadero riesgo.
Una inteligencia artificial extraordinariamente poderosa utilizada por sociedades poco preparadas, instituciones débiles, ciudadanos sin las competencias necesarias o actores guiados exclusivamente por la rentabilidad, el poder o la competencia puede profundizar desigualdades, desplazar empleos, concentrar conocimiento y generar consecuencias difíciles de revertir.
Responsabilidad de la educación
Pero esa misma tecnología, adecuadamente gobernada, puede contribuir a acelerar diagnósticos médicos, desarrollar tratamientos, personalizar procesos educativos, optimizar servicios públicos, democratizar el acceso al conocimiento y ayudarnos a enfrentar problemas cuya complejidad supera ampliamente nuestra capacidad individual de análisis.
La tecnología puede ser la misma. Lo que cambia son las decisiones que tomamos sobre ella. Por eso resulta peligroso el determinismo que comienza a instalarse. Ni el desastre es inevitable ni el progreso está garantizado.
La educación tiene aquí una responsabilidad enorme. Formar personas para competir con las máquinas sería absurdo. El desafío es formar personas capaces de pensar con ellas, decidir sobre ellas y, algo igualmente importante, saber cuándo no utilizarlas.
Más allá de como llamemos al fenómeno, lo que realmente importa es nuestra capacidad para comprender la dimensión del cambio. No podremos detenerlo con barreras ni enfrentarlo esperando que el mercado, por sí solo, encuentre necesariamente el mejor camino. Habrá que aprender a navegarlo.
Por ello, preocupan profundamente las capacidades que estamos entregando a las máquinas, pero todavía confío más en las capacidades que podemos desarrollar como seres humanos.
No es una confianza ingenua. Es una responsabilidad. Porque si alguna vez llegamos a descubrir que la inteligencia artificial cambió definitivamente la forma en que nuestra civilización aprende, trabaja, produce y toma decisiones, probablemente las generaciones futuras no nos preguntarán por qué permitimos que la tecnología avanzara.
Nos harán una pregunta bastante más incómoda: qué hicimos mientras todavía estábamos a tiempo de decidir cómo utilizarla.
Miguel Sanhueza Olave
Académico e investigador en tecnologías de información, inteligencia artificial y educación superior UTEM