El Deber de la Palabra
Por Francisco Javier Villegas, escritor y profesor Hace años que me pregunto acerca de si la promesa nacional de mejorar las condiciones laborales en Chile, por parte de los gobernantes de turno, será una…
Por Francisco Javier Villegas, escritor y profesor
Hace años que me pregunto acerca de si la promesa nacional de mejorar las condiciones laborales en Chile, por parte de los gobernantes de turno, será una exacta realidad. En la antesala del día del trabajo, parece que vivimos de cosas que no podemos hacer o cumplir. Tal vez podamos cerrar los ojos y soñar tantas promesas y anhelos de oportunidades que, dentro del sueño, se puedan cumplir. Al menos, el presente de ese ensueño nos puede traer algo de felicidad.
Nos damos vuelta, es cierto. Y nos complicamos casi como un mantra sin elección. Y decimos, también, respuestas que no lo son. Si el futuro es impreciso y nos bombardean con las incertezas lo más probable es que no encontremos respuestas acertadas para tener que explicar porqué trabajamos como trabajamos. Un ejemplo: durante bastante tiempo las regiones de Antofagasta y de Magallanes presentaban un producto per cápita mayor a la región metropolitana, pero en ninguna de las nombradas regiones extremas los trabajadores tenían un ingreso superior al de la capital. Lo curioso es, que avanzando en el tiempo, las cosas no han variado mucho pero sí ha aumentado la producción; pero, no así los ingresos.
Estos, en rigor, se ven marginales o escuálidos. Tanto así que todavía, algunos se espantan si de sueldos éticos, solidarios o mínimos se trata una conversación. Otro ejemplo, que lo reconocen además importantes investigadores nacionales como Patricio Aroca y Egon Montecinos cuando señalan que el conocido Fondo FNDR, creado en plena dictadura militar, en el año 1978, tiene un núcleo técnico imbuido en el consabido centralismo. Si se trata de mejorar la condición laboral y salarial de todos, entonces, habría que comenzar a demandar un modelo de distribución justa y humana de la producción y de los ingresos.
Todos sabemos que somos un país altamente centralizado. Esa expresión se ha escuchado por décadas. Y todos sabemos que en ese esquema sufren las municipalidades, las escuelas, las universidades públicas, los barrios por nombrar algunos dolientes. Hay, como dice el profesor Montecinos, una ausencia histórica del reconocimiento autonómico de los espacios, de las macrorregiones o de las construcciones sociales y políticas de dichos lugares que son habitados por seres humanos que trabajan, piensan, sienten, tienen emociones y que, también, se alegran cuando hay motivos para ello. Un gran motivo, en estos días, sería, precisamente una decisión ganada para aumentar el sueldo básico. Sin embargo, también sabemos, no lo podemos desconocer, que las regiones, en muchos casos, están vacías de gobernanza, hay jefaturas, pero no hay líderes ya que lo que existe es burocracia suma lo que conspira en la toma de decisiones. Desde ese punto de vista, aunque sea un tanto escéptico, falta crear identidades socio espaciales, falta preparar la condición calificada y educativa de nuestros trabajadores y falta tener una sensibilidad crítica que salga de los escritorios de las oficinas.
Algún escritor, de cuyo nombre no quiero acordarme, escribió acertadamente que nuestro país está imbunchado queriendo decir que estamos como una pelota sin rebote, prácticamente con una identidad sin luz, sin conciencia y sin plenitud. Es decir, nos está faltando llegar a ser porque todos nuestros gestos culturales que incluye, por cierto, el cuerpo, la cultura, el trabajo, lo cotidiano están como zonas inaccesibles por superestructuras que no desean que se salga del imbunche o del embrujo social e histórico. Aunque sea contradictorio, que no nos avergüence portar el imbunche si nos reconocemos desde esa vergüenza para revelar el rompimiento de una falsa y obscena ilusión.