«Los libros ausentes de la Plaza Colón»
Los libros ausentes de la plaza Colón Por Rubén Gómez Quezada, periodista y escritor Caminando por la plaza Colón me sumergí con varias escenas familiares, pero que habían cambiado profundamente. Sin darme cuenta…
Los libros ausentes de la plaza Colón
Por Rubén Gómez Quezada, periodista y escritor
Caminando por la plaza Colón me sumergí con varias escenas familiares, pero que habían cambiado profundamente. Sin darme cuenta me encontré recorriendo las agitadas galerías de kioscos y toldos donde se vendían manualidades coloridas y vistosas, chilenas y algunas latinoamericanas, arte popular y sobre todo libros. Algunos nuevos y otros de segunda mano, en su mayoría de autores locales con poco acceso a las librerías mercantiles de Antofagasta. De sopetón, en alguno de los escasos escaños disponibles del mediodía se me dibujó la sonrisa franca y picarona de Jaime Alvarado y nos pusimos a conversar de varias cosas. Entre ellas de las dificultades de los escritores nortinos, para escribir y en particular para vender sus obras. Escribir, publicar y vender son cosas distintas, pero tienen algo en común. Todas son difíciles y la primera, quizás, es la más complicada.
Escribir implica dedicar un enorme tiempo preliminar para comprometerse con la entrega de algo vital; un sentido profundo de desprendimiento y allí van las tramas, los mensajes, recuerdos, los miedos, los sueños y el corazón abierto que ofrecemos a nuestros lectores. Es un tema de actitud e independencia que tiene que ver con el sentido ético de la escritura. Algunos escriben sin mirar, ni imaginar ni de reojo, a su público ideal -como diría Humberto Eco. En esa suerte de ensimismamiento otros lo hacen para quienes tienen gran poder adquisitivo o para quien pueda financiarlos y elaboran así sus estrategias narrativas en base a las exigencias administrativas de burócratas y mecenas provenientes tanto del sector público como del privado. En esas disyuntivas lo más probable es que se debilite el compromiso de entender la fuerza del lenguaje y lo literario como algo indispensable en una sociedad democrática al servicio de sus habitantes.
Resuelto el primer acercamiento la tarea pasa a mi juicio por escribir para nosotros mismos, para quienes nos acompañan de cerca y de lejos, y para nuestro tiempo, ojalá sin abusar del ego inevitable que acecha en cada palabra como una trampa. La publicación y la venta son también palabras mayores, un laberinto y una lotería.
La oferta de editoriales, impresoras y librerías es amplia, pero de altos precios de entrada para los escritores que deben asumir casi siempre los costos de impresión de sus libros. Al final de cuentas, si hay ganancias estas van mayoritariamente a los dueños de esas empresas: algunos autores no reciben a tiempo o derechamente no reciben los importes por la venta de sus creaciones. Tras los intermediarios muchos autores reciben ingresos minúsculos o deben resignarse a que sus obras queden relegadas en espacios sin visibilidad o en las bodegas de algunos recintos.
Mal negocio para los escritores que muchas veces deben optar y se entiende por las autoediciones y la auto venta. Por supuesto, en el mercado duro hay algunas excepciones notables, pero en la mayoría de los casos prevalece el negocio a costa de las intenciones nobles y las ideas relatos auténticas de los creadores.
En medio de la conversa Jaime me preguntó sobre cómo iba la venta de mis libros. Excelente, contesté. Con Octavio Báez me ha ido muy bien. Octavio vendía también los libros de Jaime y de muchos otros escritores antofagastinos. Tenía su humilde negocio callejero en la esquina de Prat con San Martín, rodeado de edificios hermosos en su mayoría bancos y farmacias que vendían antidepresivos como pan caliente.
Además de Octavio a mí me fue excelente con don Juan Villarreal -a inicios del 2000- quien vendía sus libros de autores regionales en un concurrido mall frente al estadio regional. Excelente vitrina donde transitaban a diario multitudes de vecinos, algunos de los cuales buscaban textos de escritores locales. A don Juan me lo presentó mi amigo Walter Maureira, ex funcionario del área de asistencia técnica de la Universidad de Antofagasta. Hombre derecho, Juan, además de cumplir con celo sus compromisos de venta ofrecía siempre una conversación amable y bien enterada sobre las plumas en verso y prosa de nuestra región.
Antes de despedirnos fuimos con Jaime donde don Pedro Reunaba, a dos kioscos más allá en la calle interior que da frente a la catedral. Don Pedro nos vendía también nuestros libros con mucho cariño y consciente de que había muchos autores que no tienen como conectarse con el público. La plaza era un lugar para unir creadores con lectores de todas las edades y bolsillos.
Nos despedimos con Jaime y quedamos de organizar para pronto una visita al taller cultural y folklórico de la poetisa y maestra antofagastina Nelly Lemus más arriba por allá en la calle Orella, encuentro que no se pudo realizar nunca…
Paso de nuevo bajo el kiosco de la plaza principal y veo sus calles interiores prolijamente despejadas, pero silentes. Ya no hay kioscos ni toldos ni mesones atiborrados de libros nortinos, más baratos y llenos de historias con identidad. Nada de eso queda, ni siquiera se ven patos yecos y jotes que estaban allí desde siempre. Ya no está el negocio humilde de don Pedro y en la esquina de San Martín con Prat ya no están los mesones sutiles de Octavio quien vendía libros, fotografías y souvenirs pampinos: ya no está Octavio. Se fue para siempre por decisión y mano propia. No pudo con la desesperanza de los tiempos actuales. Juan Villarroel también partió. No pudo con los alquileres exorbitantes para poner dos mesones con libros. Poco tiempo después de perder su lugar de ventas en el centro comercial nos dejó para siempre. También nos dejó Walter, amigo de infancia quien nos presentó.
Jaime tampoco está en la plaza ni en las calles en su faceta material. Afortunadamente, se quedó para siempre en la memoria de quienes lo conocimos y apreciamos. Le echamos de menos en sus itinerarios domésticos en busca de lugares donde difundir su arte y su creación como hacen en silencio otros tantos escritores mayores y también de las nuevas promesas literarias regionales.
Estimados amigos. Gracias y hasta una próxima oportunidad.